Una ruta Flamenca por el mediterráneo

Sergio L. Nava

Esmuc 2015-2016

ABSTRACT: Mi objetivo en este ensayo es relatar un pequeño viaje por Andalucía en el que recorrimos parte de la costa mediterránea hasta llegar a Tarifa. De esta forma, a partir de mi propia experiencia, trataré de describir aquellos significados narrativos que pude observar en el Flamenco y que me parecieron más interesantes o que, de alguna forma, me impactaron especialmente.

Siguiendo un orden cronológico acorde con la línea temporal del viaje, el ensayo comienza en Almería para después pasar por Granada y finalmente llegar hasta Tarifa en la provincia de Cádiz. Así, siguiendo el transcurso de este viaje narraré como evolucionó mi percepción del Flamenco —seguiré el precepto del escritor, músico y activista cultural cordobés Antonio Manuel Rodríguez Ramos quien propone que el estilo musical “Flamenco” se escriba con mayúscula para distinguirlo del ave zancuda y del natural de Flandes— como un estilo definido y enmarcado dentro de una única forma musical para entenderlo más bien como una gran miscelánea compuesta de prácticas musicales muy diversas, aunque eso sí, todas ellas con un molde sonoro común. Quizás, en aquel momento no era muy consciente de ello pero ahora comprendo que esa miscelánea, que tanto caracteriza al Flamenco, evidenciaba una esencia sonora basada en el contacto y la hibridación de prácticas musicales procedentes de culturas diferentes pero con un elemento en común. Esa esencia diversa, ancestral, intangible pero al mismo tiempo real, presente e innegable, no es más que la propia esencia de la Música Mediterránea.

Víctor, Anna, Tania y yo nos reunimos en un portal de l’exiample sobre las 7 de la mañana de un martes de agosto para emprender temprano nuestro viaje en coche hasta un pueblecito llamado La Huelga, en Almería. Víctor tenía familia en La Huelga y cada verano iba con sus padres para reunirse con sus tíos y disfrutar de su pequeño cortijo. Una vez en el coche, Víctor sacó sus CD’s preferidos de Flamenco y dejamos que él se encargara de poner la música. En aquella época, yo no tenía mucho conocimiento sobre ese género musical y, a parte de Paco de Lucía o Camarón, yo no conocía la mayoría de grupos o “cantaores” de Flamenco que Víctor nos mostraba. La verdad, es que tampoco era una música que en aquel momento me llamara mucho la atención y, para mí, el viaje representó unas 10 horas de música “lolailo”, que es como yo la llamaba en aquella época. A pesar de ello, a medida que nos íbamos acercando más hacia el sur, quizás por el efecto de la aclimatación musical o por el singular efecto que las vacaciones tienen en el ánimo de cualquiera, aquella música que escuchaba, cada vez me parecía más acorde con el paisaje que veía. Para colmo, al dejar atrás Valencia pude observar un cambio progresivo en el paisaje sonoro y en cualquier área de servicio que parábamos para repostar y estirar las piernas se escuchaba de fondo la guitarra, el ritmo del cajón o las típicas melodías Flamencas.

Una vez en Almería, me envolvió la entrañable sonoridad del acento local y el peculiar uso del lenguaje que existe en esas tierras. Por alguna razón, desde ese momento todo mi imaginario al rededor del Flamenco quedó inseparablemente ligado a la sonoridad del lenguaje y en mi mundo interior el Flamenco adquirió una dimensión muy especial relacionada con la comunicación. Sin darme cuenta, en aquellas 10 horas de viaje había escuchado palabras y expresiones cantadas que después volvería a escuchar, pero en forma hablada, en conversaciones cotidianas. De esta forma, cuando compartíamos una tertulia y alguien decía “Oleee” o “Aireee” en una conversación normal, aquello me reenviaba inevitablemente al imaginario musical del Flamenco con su baile, su rimo, su poderío y su gracia impregnando el ambiente sin que fuese necesario que se escuchara la música. Ahí, es cuando comencé a darme cuanta que el Flamenco era algo más que un género musical.

Empecé a preguntar a Víctor y su familia sobre el Flamenco y entonces comprendí que se divide en diferentes estilos llamados Palos como por ejemplo la Alegría, el Tango, la Bulería, la Soleá, la Seguiriya o las famosas Sevillanas. Me enteré de que hay más de 100 Palos diferentes, algunos se cantan sin acompañamiento mientras que otros suelen ir acompañados de una guitarra, y unos se bailan mientras que otros no. En la playa, en los chiringuitos, paseando o incluso en las horas de la famosa siesta en el cortijo, se podía escuchar Flamenco en el ambiente y yo aprovechaba la ocasión para preguntar más cosas. Así es como aprendí el patrón de acento básico de las Bulerías “un, dos, Tres-cuatro, cinco, Seis-siete, Ocho, nueve, Diez, un, Dos”. O que hay dos tipos diferentes de palmas, las sordas y las fuertes. Y también me contaron que el Flamenco es un lenguaje con mucha fuerza para comunicar y expresar la felicidad, la tristeza y la ira. —!Claro, un lenguaje!— pensé yo.

El viaje prosiguió y nos dirigimos hacia Granada donde pude experimentar la fuerza que tiene el Flamenco para congregar personas en un ambiente festivo y amistoso. El primer día, fuimos a cenar unas tapas y después buscamos algún bar típico donde poder tomar algo y escuchar música en directo. Después de varios intentos, acabamos en un antro oscuro y claustrofóbico pero muy acogedor y con una decoración a base de fotos, garabatos y escritos en las paredes que delataban haberse montado saraos bastante importantes ahí dentro. “Guailo”, un gitano habitual del garito, apareció y comenzó a cantar sus Rumbas y Tangos Flamencos acompañándose él mismo con su guitarra. Entre canción y canción, claro está, decía que le diésemos algo de beber porque eso de cantar le dejaba la boca seca pero, curiosamente, quería de todo menos agua y poco a poco se fue animando la cosa hasta que consiguió convencer a todo el bar para que le acompañáramos con palmas. Víctor —que se sabía alguna de las canciones— se animó y comenzó a cantar al unísono con Guailo y de repente salió a bailar una espontánea, después Anna y Tania…, hasta que ya estaba el sarao otra vez montado. Todxs cantábamos, bailábamos, dábamos palmas y cuando cerraron el local, salimos a la calle para seguir la fiesta en un improvisado gran círculo de gente que se acababa de conocer. La alegría que se vivía en ese momento es difícil de describir, todxs dábamos palmas al estilo de los cuatro tiempos del Tango (marcando el uno con el pie y dando luego 3 palmas) y gritábamos “Jaleos” a lxs valientes que se atrevían a bailar en el centro: “Oleee!”, “Arsaaa!”, “Fuegooo!”, “Aguaaa!”, “Guapaa!”, “Échale papas!”,… Hasta que en medio del jaleo llegó un coche de policía y se apagó la pasión en un santiamén.

Al día siguiente, por la tarde quisimos dar un paseo por el barrio del Albaicín, el cual todavía hoy conserva la típica estructura de ciudad musulmana medieval y en cuyos muros hay una gran filosofía popular manifiesta en forma de ingeniosas frases y dichos como por ejemplo “La belleza está en la cabeza”. Llegamos a la plaza más concurrida y allí nos volvimos a encontrar al bueno de Guailo, eso sí esta vez con sus mejores galas, deleitando a los turistas. Al saludarle, nos sonrió con cierta complicidad pero guardando las formas, y a pesar de que su repertorio era el mismo, aquel contexto al aire libre no tenía la espontaneidad del antro que compartimos la noche anterior. En esa plaza del Albaicín, la gente no le prestaba mucha atención. Yo pensé — ¿Y si eso del “Duende” no es sólo cosa del artista, sino que también es cosa del público? Tras cuatro fabulosos días en Granada, nos despedimos de esa tierra sin muchas prisas y con un recuerdo inolvidable para tomar rumbo hacia nuestra última etapa del viaje.

Ya en Tarifa, el paisaje cambió y adquirió el aspecto habitual de los lugares de sol y playa masificados, con sus chiringuitos, su ambiente isleño, los mojitos y su típica estética surfer. Allí, también observé una mayor diversidad cultural y a pesar de que seguía estando presente la música Flamenca, ésta ahora tenía un toque más exótico que antes. Seguía escuchándose Flamenco en el ambiente, pero más instrumental, como incorporado al género del Chill Out o hibridado con otras músicas más características del otro lado del Estrecho de Gibraltar. Allí estábamos más cerca de África de lo que podíamos estarlo desde cualquier otro punto de España, y la música nos lo recordaba. Tarifa es uno de esos lugares que al visitar sus mercadillos y pasear por sus calles o por sus playas, se puede percibir un vigor especial. Por un lado, se percibe esa confluencia de culturas y por otro, está ese viento poderoso —o “Flamenco” ¿Porqué no?—, y la imponente confluencia entre un mar y un océano. En Tarifa se puede sentir la esencia mediterránea y las influencias que gravitan al rededor de ella. En fin, musicalmente hablando, en Tarifa experimenté esa esencia que tiene el Flamenco fruto de la influencia de distintas culturas como la judía, la árabe, la gitana e incluso el folclore español.

Todavía hoy, no tengo palabras para expresar con claridad de que forma se fue confeccionando mi concepción del Flamenco a partir de todas aquellas experiencias. Pero desde aquel viaje, puedo asegurar que el Flamenco es algo más que música. No es solo un arte de expresarse y de vivir, sino también es una forma de comprender el mundo, a los demás y a uno mismo. Igual que pasa con la belleza, el Flamenco también está en la cabeza. 

 

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